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En el análisis del centro del cuarto -si es que existe-...

10:44 Reporter: Carlos Villela 0 Responses
En el análisis del centro del cuarto -si es que existe-, en una de las esquinas ella se bañaba entre haces de quimeras y cantaba al caer de los fractales en la tempestad, al final, un silbido con mil historias se la llevaba. Ella al despedirse, me daba una red para pescar melancolías, yo la colocaba en la consciencia y cercenaba mis ojos para limpiar su tez. Ella despertaba sin prisa y le besaba en el análisis del centro del cuarto -si es que éste existe- observé detenidamente la calle trabada, ahí, el aire se postró en mi boina café, mientras silbaba una vieja tonada, oxidada, quebrada, movía el brazo buscando mi ceguera, y una mirada, la de ella, se asomaba. La música sobrada se repetía cuando ella hablaba, asomaba su vientre mojado y yo sonreía, es que ella al final dormitaba y en mi recuerdo moría.

He encontrado mi ceguera en el análisis del centro del cuarto -si es que existe-…

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En el piso brotado, salpicado...

10:49 Reporter: Carlos Villela 0 Responses
En el piso brotado, salpicado, termino con la apariencia de un sueño que no he de morder, y es un placer estético el no pensarte, porque ayer que no llovía, como los días en que no hay lluvia, me distraje con la historia de una virgen que no quería ver la imagen de las finitas mujeres satisfechas, que por ser mujeres matinales se sonrojan, que por ser como duraznos perduran en mi lengua inequívoca que palidece en el piso brotado, salpicado, termino por seguir al ego, me quedo en la presunción y es cuando soy más farsante, y así, puedo contar una historia, como ayer que no llovía, como los días en que no hay lluvia, pude ver que en la esquina del universo, estaban el alter ego, el yo y el superyo, y ahí, en esa esquina, no pude más que resoplar un alarido para la disfunción mental, entonces borre el pasado y la historia farsante se quedó en el piso brotado, salpicado…

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El piano

17:55 Reporter: Carlos Villela 0 Responses
El piano trina notas que, parece, ya no están; le acompañan palabras de bajo alcance entre los comensales de la cafetería y los reflejos de las mesas pintan de óleo lo que queda de realidad. El sol a contraluz juega con la soledad de Alicia. Tengo que verla así para poder darle coherencia a la historia.

La pena da cauce a esta tarde cercana, me doblo las mangas de la camisa y la ansiedad se diluye en el café que pienso aún compartimos. Alicia me dice: “ cuando la locura se comparte da libertad, pero la libertad se convierte en fatalidad con esta realidad que me das”.

El piano sigue rápido, coloro, improvisado, llena redondo el hueco del hastío, ¿cómo sacarlo?

“Si te haces dependiente de la compañía, del sentimiento, ¿qué es lo que queda?” El viento atraviesa con miedo su mirada café transparente mientras pregunta.

“No es disfraz Alicia, es vida”. Volteo y ahí está el vacío escondido entre los matorrales de esta calle, entonces le digo: “escucha el piano, ve cómo crece de a poco sin necesidad de moverse, todos le escuchan y es que no necesita más que una idea para cantarle al momento, nadie le pide nada, así trabaja la locura”.

“Pero ¿quién la detiene?”, replica entre la brisa que le duerme la sonrisa. Es entonces que coloco el instante sobre la mesa, mis manos se deslizan entre las suyas y ella no termina de verme, vierte su cabello largo en la espalda y me sigo con el piano: “El silencio podría ser, pero este no detiene, es una continuación que le da espacio al tiempo, ya que el piano se sigue conmigo”.

“Eres un egoísta sin piensas así. ¿Crees que necesito de esto?” Ella toma su bolso, saca el labial y se pinta la boca aterrizando en la realidad, pide la cuenta. Así pasó cuando la vi por última vez y le digo en el inconsciente: “trato de no serlo con esto que tengo, pero creo que no lo necesitas, por eso es que ahora que toco el piano y no estás, no hago más que seguirme con la música para sentir que aún andas por aquí”.

Acabo con la última nota, mi respiración está agitada, miro las teclas inmóviles, frías, sensatas y, en medio de la confusión, escucho que aplauden. Me levanto y sonríe hipócrita mi falta de cordura. Me retiro del templete.

Alicia, es este silencio el que nos continúa.

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Un ramo de flores putas

11:26 Reporter: Carlos Villela 0 Responses

Hoy es día de la Santa Cruz, un día que traigo bien colgado de la cabeza. Mi abuelo Lucho era albañil, era su día especial y ahora que ando por la carretera camino a Atenco, recuerdo que cada año se ponía muy borracho y nos daba mucha risa cuando nos contaba cómo él ayudó a edificar gran parte de la ciudad de México. Mi abuelo decía que el D.F. parecía construido con retazos de muchas ciudades en dónde nadie se conocía. Decía: -pinche ciudad rara, nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer, nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí- y se empezaba a reír.

El medía su vida a partir de las construcciones en las que participó. Murió el año pasado, se pegó un tiro una mañana donde los gallos ya no cantaron más al escuchar el balazo. Mi abuelo ya no aguantaba su historia y su espalda.

Mi garganta desde ese día nace con un dolor que cala cada vez que camino, tendré que acostumbrarme algún día. El sol quema mis pestañas, la tierra es árida alrededor, algunos magueyes y cactus me saludan del diario, veo la carretera cansada y voy con mi amigo Juan. Él me presta su burro, le gusta acompañarme y le pago con una empanada de picadillo y su refresco. Hace dos años que no vamos a la escuela y nos dedicamos a caminar para comer; ahora vamos a Atenco, vivo en los alrededores y cargo con un puñado de madera vieja para vendérsela a mi tío Pedro que tiene una tienda de abarrotes en el centro del pueblo.

El aire se siente pesado. Mi abuelo decía que siempre que ocurría así, era porque algo iba a pasar. Desde que querían poner el aeropuerto por acá, el aire siempre me pesa.

Veo sombras corriendo en el horizonte de la carretera, gritan, pasan a un lado, no reconozco a nadie, me duele el estómago. Juan ya corre con ellos, se escuchan balas, él cae fulminado, muerto. Me hago como puedo a un lado de la carretera, mi pulso se acelera y me pongo de espaldas. El burro tira la madera y corre hacia la llanura. Cierro los ojos, escucho: -madreen a ese pinche tira, se cayó el pendejo-, algunos machetes golpean lo que parecen ser huesos y llegan hasta el piso, en mi cabeza suenan como truenos furiosos y mis manos tiemblan, empiezo a llorar en silencio. Oigo más disparos y gente con botas pesadas se detienen detrás de mí, las voces se mezclan y hay helicópteros volando alrededor, escucho: -Mátenlos a todos, hijos de la chingada, ya se cagaron a Duarte-, -Oiga mi general, acá esta uno de esos pendejos-. Veo unas botas negras de frente, volteo hacia arriba y sé que algo me va a pasar, el sol y el casco no me dejan ver su cara, no puedo decir nada, el grito se atoró en el estómago.

Una pistola me apunta al vientre, escucho la voz de mi abuelo: -nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer-. Siento mi estómago caliente y ya no tengo miedo, termino por escuchar “nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí-.

En memoria de Javier Cortés Santiago, niño de 14 años muerto de un tiro a 70 centímetros de distancia con un arma calibre 38, víctima de un ramo de flores, vendidas para la democracia vestida de violencia pendeja, el 3 de mayo 2006. El cuento fue escrito ese mismo año. 

Foto Daniel Aguilar / Reuters

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